Por: Juan Sebastián González / Fuente Latina
De Cuernavaca a Lublin: la mexicana Samantha Rodríguez descubrió en su adolescencia que descendía de judíos polacos asesinados en el Holocausto. Aquel hallazgo cambió su identidad, su fe y el rumbo de su vida.
Samantha Rodríguez hoy camina por las mismas calles de Polonia donde hace un siglo vivió parte de su familia que ella no sabía que existía.
«Para mí es muy bonito el caminar aquí, el pensar que mi familia estuvo aquí, y a pesar de que el final fue muy trágico, el poder ahora yo disfrutar de este país, después de 100 años, es muy importante», dice esta joven originaria de Cuernavaca, México, que desde hace dos años reside en Lublin y se dedica de tiempo completo a la memoria judía y del Holocausto.
Antes de los 15 años, Samantha era, en sus propias palabras, simplemente otra joven mexicana.
«Antes de eso yo simplemente decía que era mexicana; si hablamos de religión, pues cristiana; de profesión, pues comunicóloga», recuerda vívidamente.
Creció en una familia católica, sin una tradición, memoria o pruebas que la conectaran con el judaísmo y sus raíces polacas. «Yo ni siquiera crecí con ningún platillo, ninguna tradición, nada relacionado con esto. Para mí fue un total descubrimiento.»
Su bisabuelo, conocido en México como Marco Schtulmann, siempre dijo que era ruso. Nació en realidad en 1899 en Międzyrzec Podlaski, cerca de Lublin, en el seno de una familia judía polaca; su pueblo estaba entonces bajo ocupación rusa, de ahí la confusión que la familia arrastró durante generaciones.
Emigró a Alemania, estudió ingeniería y en los años veinte llegó a México como empleado de una empresa alemana, un viaje que le salvó la vida. Casi toda su familia se quedó en Polonia. Como resultado, gran parte de sus parientes fueron asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Nadie lo contó. La abuela de Samantha, Katia Schtulmann, hija de aquel hombre, creció católica por su madre mexicana y murió siendo octogenaria sin haber sabido nunca quiénes fueron sus propios abuelos.
«Resultó que todos ellos fueron asesinados en el Holocausto, y por eso tampoco él nunca habló de nada», explica Samantha.
El descubrimiento
Todo cambió en 2015, cuando su madre, una tía y un tío empezaron a tirar del hilo: páginas de genealogía, embajadas, archivos migratorios en México. Al rastrear el pueblo natal del bisabuelo, lo ubicaron en Polonia.
«Y descubrimos, sí, que todos nuestros ancestros de parte de mi bisabuelo eran judíos. No teníamos idea», dijo Samantha.
En 2016, la familia viajó por primera vez al pueblo. En 2017 regresaron, esta vez con direcciones exactas extraídas de los archivos estatales de Lublin, donde encontraron actas de nacimiento y matrimonio.
Ese mismo año asistieron a la Lubliners Reunion, un encuentro internacional de descendientes de judíos de la región de Lublin organizado por el centro Brama Grodzka – Teatr NN, el mismo lugar donde Samantha trabaja hoy. Allí, rodeada de unas doscientas personas llegadas de todo el mundo, comprendió la magnitud de lo que su familia había perdido.
Reconstruyeron nombres y rostros. Supieron, por fin, el verdadero nombre judío y polaco de su bisabuelo. Descubrieron que tenía ocho hermanos y que casi todos terminaron en el silencio de las fosas y los campos de exterminio nazi.
Una tía bisabuela, sin embargo, sobrevivió: «La hermana de mi bisabuelo fue sobreviviente del Holocausto. Elena Sztulman estuvo en el gueto de Varsovia, estuvo en Majdanek, en Trawniki, en Auschwitz, sobrevivió a Bergen-Belsen en Alemania», relata Samantha.
El golpe fue brutal y, a la vez, revelador. «Si mi bisabuelo se hubiera quedado aquí, todos los descendientes de él, pues, habríamos muerto en los campos de concentración», reflexiona con una mirada profunda.
Pero el hallazgo también tuvo una cara luminosa: descubrieron parientes vivos en Israel. En 2018 viajaron a conocerlos. «Mi abuela, a sus más de 80 años, conoció a sus primas de su misma edad que en toda su vida no tenía idea de que existían al otro lado del mundo.»
Una identidad que se completa
Lejos de provocarle una crisis de fe, el descubrimiento la afianzó. Para Samantha, criada en el cristianismo, encontrar raíces judías fue casi una confirmación.
«Todo lo que yo creo viene del judaísmo; la base es de ahí, y ahora resulta que tengo ancestros judíos. Fue algo que completó eso en lo que yo crecí», afirma con emoción.
El judaísmo, dice, «vino a completar esa identidad en mí, y sí la cambió por completo».
¿Por qué tantas familias como la suya descubrieron su origen tan tarde? Samantha lo atribuye al miedo y al instinto de protección.
«No porque los abuelos o padres no quisieran contarlo por alguna razón mala, sino por querer proteger de alguna forma a los descendientes», explica.
Su bisabuelo, cree ella, «quería empezar de cero» y no deseaba que lo reconocieran como judío. Por eso valora que su generación se atreva hoy a hablar: «Las generaciones más jóvenes estamos un poco más abiertas a investigar sobre esto, a romper el silencio.»
La voz del silencio
Ese impulso tiene nombre. Hace cinco años, durante la pandemia, Samantha fundó The Voice of the Silence (La Voz del Silencio), un proyecto de entrevistas, conferencias y redes sociales para educar sobre el Holocausto, dirigido sobre todo a jóvenes no judíos de habla hispana.
Su primer entrevistado fue un sobreviviente de más de 90 años que la contactó por Facebook. Desde entonces ha realizado más de cien entrevistas a sobrevivientes, descendientes, historiadores y familiares de los Justos entre las Naciones.
El nombre del proyecto resume su misión: «Había un silencio, nadie sabía nada; mi abuela no supo nada hasta sus más de 80 años. Para mí, The Voice of the Silence es darle voz a mi historia, pero también a otras familias que estuvieron en silencio.»
Hoy, Samantha estudia una maestría en Estudios del Holocausto en la Universidad de Haifa y trabaja como guía en español en el antiguo campo de concentración de Majdanek.
«Siento que ahora es mi misión de vida. No lo esperaba y no lo buscaba, pero todo me fue llevando poco a poco hasta aquí.»
¿Antisemitismo en la Polonia de hoy?
Samantha insiste en que su día a día en Polonia es feliz y seguro, y subraya que Brama Grodzka, la institución donde colabora, fue creada y es dirigida por polacos no judíos dedicados a preservar la memoria judía.
Su experiencia más dura con el odio, dice, ocurre en internet: «Hoy en día, con el antisemitismo que está creciendo, esas personas llegan a estos videos. Hay muchos comentarios de odio.» Y traza un paralelo inquietante: «Los nazis fueron los precursores de la propaganda, y hoy es incluso más fácil propagarla. La gente cree todo lo que ve en redes sin checar la fuente.»
El panorama nacional, sin embargo, es complejo. Las autoridades polacas describen la situación interna como relativamente más fuerte en la de Europa occidental tras el 7 de octubre de 2023, y Polonia avanza hacia la aprobación de su primera estrategia nacional contra el antisemitismo y de apoyo a la vida judía para el periodo 2025-2030.
Al mismo tiempo, un informe documentó un aumento del 67 % de incidentes antisemitas en 2024, y episodios recientes —como la diatriba de un diputado de extrema derecha a las puertas de Auschwitz, ampliamente condenada por el arco político polaco— muestran que las heridas y las tensiones siguen abiertas.
Para Samantha, esa es precisamente la razón de su trabajo y por la que las comunidades latinas también deberían sumarse a estas conversaciones. «En muchos de nuestros países latinos no se enseña ni se aprende mucho de este tema, y cada día hay menos sobrevivientes», advierte.
«Aprender del Holocausto nos ayuda a ser más humanos.» Lo dice quien, hace apenas una década, no sabía siquiera que era descendiente de judíos polacos, y que hoy lleva su apellido y su memoria de vuelta a casa.

(Samantha Rodríguez presenta su proyecto educativo “La Voz del Silencio”, una iniciativa dedicada a preservar la memoria del Holocausto a través de testimonios de sobrevivientes y actividades de concientización para jóvenes en América Latina.) Cortesia de Samantha Rodriguez
Por: Juan Sebastián González / Fuente Latina
Juan Sebastián González fue becario de Fuente Latina, organización que beca a estudiantes universitarios de periodismo para que visiten Polonia y conozcan de primera mano el Holocausto y la historia del pueblo judío en la región