Por Isabela Reinoso
Cuando Reyna salió de Polonia a principios de sus 20 años, pensó que viajaba a Cuba para comenzar una vida en pareja. No sabía que también estaba iniciando un legado.
Nunca regresó a Europa. Poco después de su llegada estalló el Holocausto, lo que la obligó a quedarse en Cuba y, al mismo tiempo, le salvó la vida. En Santa Clara, y más tarde en La Habana, Reyna abrió tiendas de ropa femenina donde vendía telas, prendas y brasieres, en una época en la que el liderazgo empresarial femenino rara vez era reconocido, aunque sí existía.

“Nadie me había contado que vendía brasieres”, recordó su bisnieta Ivana Masimore. “Lo descubrí muchos años después, cuando una señora mayor se sentó a mi lado en un avión y se acordaba perfectamente de la tienda de mi bisabuela”.
Hoy, Ivana dirige una boutique de lencería en Jaffa, Israel, continuando una tradición familiar de mujeres emprendedoras que ha cruzado continentes, guerras y generaciones.
Una herencia de mujeres en el comercio
Tras la llegada de Fidel Castro al poder, Reyna volvió a emigrar, esta vez a Miami. Allí compró otra tienda y transformó el negocio hacia la venta de uniformes médicos. Con el tiempo, la empresa creció hasta contar con tres tiendas en el sur de Florida.
Su hijo siguió el mismo camino. Luego, su nieta.
“Mi mamá empezó su negocio en sus veintes vendiendo uniformes médicos”, explicó Ivana. “Entró en ese mundo porque su papá ya estaba en el negocio, y él estaba ahí gracias a mi bisabuela”.
Aunque ella decidió alejarse de los uniformes médicos para dedicarse a la lencería, la esencia se mantuvo intacta: comercio minorista, ropa y mujeres atendiendo a mujeres.
Empezar de cero en otro país
En 2018, con 26 años, se mudó de Florida a Israel para estar con su esposo. Llegó sin dominar el hebreo, sin contactos profesionales y sin un plan claro.
“Quería hacer algo que me obligara a conocer gente”, dijo. “Me sentía extranjera. Y lo soy”.
La tienda de lencería se convirtió en su puerta de entrada no solo al mundo empresarial, sino también a la sociedad israelí. A través del negocio aprendió el idioma, creó amistades y construyó comunidad.
“Muchas de mis amigas las conocí gracias a la tienda”, contó.

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La idea nació durante la pandemia, cuando el trabajo remoto frente a una computadora la dejó agotada y desconectada. Empezó a coser lencería como una salida creativa. Luego vinieron los pop-ups en distintas zonas de Tel Aviv. Con el tiempo, entendió que disfrutaba más el contacto con las clientas y comenzó a trabajar con diseñadores de Israel y de otros países.
Rompiendo tabúes en un espacio conservador… Mujeres emprendedoras y el riesgo
Abrir una tienda de lencería en Jaffa —un barrio mixto de población árabe y judía— le generó nerviosismo. Ivanna pensó que podría ser vista como algo tabú, ella esperaba resistencia. Nunca llegó.
“En muchas culturas conservadoras hay un gran interés por la lencería”, explicó. “Se le da mucho valor a la intimidad con una sola pareja”.
Su tienda refleja esa visión. Algunas piezas están pensadas para usarse en público; otras, para la privacidad. El objetivo, dijo, es que todas las mujeres se sientan incluidas.
“Hay algo para cada persona”.
El espacio también desafía estereotipos. Ubicada en lo que antes fue un taller de carpintería, la tienda tiene un ambiente cálido, casi como una casa en el árbol.
“La gente espera algo blanco, minimalista o sensual”, dijo. “La mía se siente como una cabaña”.