“No es solo una cárcel. Es perderse la vida”. Así describe Ramón Guanipa, hijo del dirigente opositor Juan Pablo Guanipa, la ausencia forzada que atraviesa su familia desde la detención de su padre.
Ramón relató cómo una información que parecía creíble sobre la supuesta excarcelación lo llevó a viajar de urgencia a Caracas. Llegó a la sede policial con la esperanza —contenida pero real— de reencontrarse con su padre. La respuesta fue el silencio. “No había información. Como nosotros, fueron otras familias. Todas regresamos igual: sin respuestas”.
Pero el impacto va mucho más allá de lo político o judicial. Se cuela en los gestos mínimos, en lo que no siempre se dice en voz alta. “Mis hermanos a veces se ponen el perfume de mi papá. No lo dicen, pero uno lo nota. Es su forma de conectarse con él”, contó. También entran a su cuarto. Tienen el suyo, pero se acuestan en la cama de mi padre. “De alguna manera sienten que está ahí”.
La represión, explicó, se mide en ausencias cotidianas: la silla vacía en un recital escolar, el padre que no llega a ver jugar a su hijo, el abrazo que no llega. “Eso parecen cosas pequeñas, pero eso es la vida. Y eso es exactamente lo que le están quitando. Nadie se lo va a devolver”.
Desde la detención de Juan Pablo Guanipa, Ramón ha asumido un rol que no buscó: sostén emocional, vocero público y hermano mayor. “Uno se pone un cascarón para que todo siga funcionando. No me puedo sentar a llorar, porque mis hermanos necesitan un hombro. Y ese hombro soy yo”.
Cuando se le preguntó qué le diría hoy a su padre, su respuesta quebró: “Si está orgulloso de mí, que se mire en un espejo. Porque lo que soy, es gracias a él”. Al final, lo que lo sostiene es una imagen simple, pero absoluta: “Esos segundos en los que él vuelva a abrazar a sus hijos… eso vale el mundo para mí”.