Jeiner Hernández, indígena arhuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, es uno de los pocos combatientes extranjeros que logró regresar con vida del frente de guerra en Ucrania. Su testimonio revela una realidad cruda: un conflicto donde la tecnología ha transformado la muerte en estadísticas y recompensas.
Según relata, hoy la guerra se libra en gran parte a través de drones operados a distancia por unidades conocidas como “dronistas”. “Es como un videojuego”, afirma. Desde una pantalla, los operadores identifican objetivos humanos y reciben puntos, premios o incentivos por cada baja confirmada. “Para ellos somos puntos en una pantalla”, resume.
Hernández asegura que esta lógica deshumaniza por completo el combate. “No importa quién eres ni de dónde vienes. Importa cuántos muertos sumas”, dice. Jóvenes de apenas 18 o 20 años hablan de cientos de bajas como si se tratara de un marcador. “Eso es lo más enfermo de esta guerra”, agrega.
El excombatiente también denuncia abandono, corrupción y maltratos hacia los combatientes extranjeros. Afirma que muchos nunca reciben los pagos prometidos y que, en caso de muerte, pueden ser declarados “desaparecidos” durante años, incluso cuando se sabe que cayeron en combate. “Es una forma de no pagarle a las familias”, sostiene.
Tras resultar herido en primera línea y ante la demora en la atención médica, Hernández logró salir de Ucrania y regresar a Colombia. Hoy carga con secuelas físicas y psicológicas, pero decidió hablar para mostrar la cara más oscura del conflicto. “Esta es la guerra real”, concluye, “la que casi nunca se cuenta”.