En un nuevo intento por aliviar su asfixia financiera, el régimen de La Habana anunció que las remesas enviadas desde el exterior ahora podrán recibirse en efectivo, específicamente en dólares estadounidenses, a través de las oficinas de Cadeca. La medida, presentada oficialmente como una «ampliación de opciones», fue analizada por el economista Miguel Alejandro Hayes, quien advierte que este movimiento responde a la desesperación de un sistema que se quedó sin sus antiguos patrocinadores.
El salvavidas de la diáspora
Hayes fue enfático al señalar que las remesas son hoy el sostén real de la isla, superando incluso a sectores tradicionales. “Si los cubanos en el exterior dejaran de enviar dinero, el golpe para la economía sería extraordinario”, afirmó el experto. A diferencia del turismo o la exportación de servicios médicos, que implican altos costos operativos para el Estado, las remesas representan ingresos netos sin contrapartida: divisas que entran al país sin que el régimen deba producir bienes o servicios a cambio.
Históricamente, Cuba dependió de los subsidios masivos de la Unión Soviética y luego del petróleo venezolano. Con esas fuentes prácticamente desaparecidas, la carga de la supervivencia ha recaído sobre las familias. Hayes recordó que, en la Cuba de hoy, es imposible subsistir sin ayuda externa: «Desde la compra de medicamentos básicos hasta productos de primera necesidad dependen directamente del flujo de dinero desde el extranjero».
La trampa del control estatal
A pesar del anuncio, el economista señaló que la implementación práctica genera dudas. El régimen no ha aclarado si existirá un límite para el retiro en efectivo o si una parte de los envíos seguirá siendo forzada hacia las tarjetas de Moneda Libremente Convertible (MLC), un sistema diseñado para que el Estado mantenga el control total de las divisas mientras el ciudadano solo maneja un saldo digital con opciones de compra limitadas.
Esta decisión de permitir el manejo de dólares en efectivo refleja, según Hayes, una capitulación ante la realidad: el régimen ya no puede ignorar que la diáspora es su principal motor económico, aunque continúe estructurando medidas que le permitan seguir «exprimiendo» cada centavo que entra a la isla.